El tratamiento de la leucemia mieloide aguda se divide principalmente en dos fases: la inducción a la remisión, diseñada para eliminar las células leucémicas de la médula ósea, y la terapia de consolidación para prevenir recaídas. Las opciones terapéuticas dependen de factores genéticos específicos, la edad del paciente y su estado de salud general, incluyendo quimioterapia intensiva, terapias dirigidas o el trasplante de células madre hematopoyéticas.
El enfoque terapéutico para la leucemia mieloide aguda busca restaurar la producción normal de células sanguíneas. La fase de inducción suele utilizar una combinación de fármacos como la citarabina y una antraciclina. Una vez alcanzada la remisión completa, se procede a la consolidación, que puede implicar ciclos adicionales de quimioterapia de alta dosis o, en casos de alto riesgo, un trasplante alogénico de progenitores hematopoyéticos.
La investigación reciente ha permitido personalizar el tratamiento de la leucemia mieloide aguda mediante el uso de terapias dirigidas que atacan mutaciones genéticas específicas. Algunos ejemplos incluyen:
El pronóstico de la leucemia mieloide aguda está determinado en gran medida por la citogenética y el perfil molecular de las células leucémicas al momento del diagnóstico. Clasificar la enfermedad como de riesgo favorable, intermedio o adverso permite a los hematólogos decidir si el paciente requiere un trasplante de médula ósea o si es suficiente con quimioterapia convencional.
Este contenido tiene fines informativos y no sustituye el consejo médico profesional, diagnóstico o tratamiento personalizado.