El diagnóstico de la dispraxia, también conocida como trastorno del desarrollo de la coordinación (TDC), es fundamentalmente clínico y se basa en una evaluación exhaustiva del historial médico y del desempeño funcional del paciente. No existe una prueba de laboratorio única; el diagnóstico requiere identificar deficiencias persistentes en la planificación y ejecución de movimientos motores que interfieren significativamente con las actividades de la vida diaria.
El diagnóstico de la dispraxia suele ser multidisciplinario, involucrando a profesionales como pediatras, neuropediatras, terapeutas ocupacionales, fisioterapeutas y psicólogos educativos. En nuestra comunidad de DiseaseMaps.org, 44 personas con dispraxia han compartido sus experiencias, destacando que el proceso suele comenzar con la observación de dificultades en hitos del desarrollo motor grueso y fino.
Para confirmar la presencia de dispraxia, los especialistas utilizan criterios estandarizados (como los del DSM-5) que evalúan los siguientes puntos clave:
Aunque no hay un biomarcador, los profesionales utilizan baterías de pruebas validadas para medir el impacto de la dispraxia, tales como la Batería de Evaluación del Movimiento para Niños (MABC-2). Estas herramientas permiten cuantificar la gravedad de la dispraxia y diseñar un plan de intervención personalizado.
Aunque la causa exacta de la dispraxia es desconocida, la evidencia sugiere una predisposición genética, ya que es común observar antecedentes familiares de dificultades motoras o de aprendizaje en pacientes diagnosticados con dispraxia.
Este contenido es informativo y no sustituye el consejo, diagnóstico o tratamiento médico profesional.